jueves, 26 de octubre de 2017

¿Y SI ESCUCHAR FUERA LA CLAVE?


¿Y SI ESCUCHAR FUERA LA CLAVE?

Hace unos días apareció esta imagen en redes sociales de la respuesta de un niño en un examen de matemáticas:
 
 

Inmediatamente se desató un aluvión de opiniones y juicios sobre si la respuesta estaba bien o estaba mal. Me di cuenta de que, a menudo, nos enredamos en juicios de bien y mal y nos perdemos los matices.
Y esto me llevó a la siguiente reflexión.
Me  gusta la neurociencia. Soy una apasionada de la educación. Y mis 24 horas están rodeadas, salpicadas, asaltadas e invadidas por niños. Trabajo con y para ellos. Y tengo tres hijos.
Y, cuanto más comparto mi tiempo con ellos, más cuenta me doy de que no hay mejor neurociencia que la de escuchar.
Parece que estamos esperando a que haya un descubrimiento en neuroimagen que nos haga explicarnos todo, que dé solución a por qué este niño se sale al pintar, éste otro no termine de leer como yo esperaba o el de más allá no consiga hacer la frase que le corresponde por edad.
Y, ante la incertidumbre de no saber por qué, añadimos etiquetas patológicas a la espera de que la neurociencia nos dé la respuesta y la solución al problema.
¿Y si pensáramos en configuraciones neurológicas diferentes en lugar de en cerebros esperables, predecibles y previsibles?
¿Y si nos dedicáramos a escuchar?
Me ha llevado años entender esto pero cada vez lo veo más claro: escuchando a los niños con un poco de sensibilidad podemos entender su forma de ver el mundo, su velocidad de procesamiento, sus maneras peculiares de hacer conexiones y dar respuestas.
Que por supuesto no son las mismas que las nuestras ni tienen que serlo.
Es tan sencillo como esto: escuchar con predisposición de aprender y comprender para poder darles respuestas y acompañar sus aprendizajes.
No quiero con esto echar por tierra los hallazgos que la ciencia nos está regalando en los últimos años pero sí poner el foco en lo que los que nos rodeamos de niños podemos hacer para desarrollar todas sus capacidades.
Y esto pasa por escuchar. Escuchar lo que dicen y también lo que callan. Ser sensibles al niño como globalidad, con sus palabras, sus acciones, sus emociones y su forma de relacionarse con el mundo.
Escuchar da las pistas necesarias. Seguramente mucho más que una batería de test.
Escuchar abre el camino. Y sólo requiere un recurso: tiempo. Creo que el precio no es muy alto.  Hagámoslo posible.

jueves, 24 de agosto de 2017

LAS PERSEIDAS Y LAS FIESTAS DEL PUEBLO


LAS PERSEIDAS Y LAS FIESTAS DEL PUEBLO
 
Este verano ando teniendo problemas con las nuevas tecnologías y me está resultando complicado conectarme a internet así que voy a resumir los últimos 20 días de verano que nos han dado mucho de sí:
·         Las perseidas:
Con la excusa de la lluvia de estrellas (que, por cierto, no son estrellas sino meteoros), hemos realizado diferentes actividades:

-          Un planisferio con distintas constelaciones hechas uniendo puntos.
 
 
-          Un móvil de papel de aluminio que nos ha permitido ver cómo brillaban de manera diferente con la luz del sol y con la de la luna y cómo y dónde proyectaban la sombra durante las distintas horas del día.
 
 
 
-          Un telescopio con los cartones del papel de cocina.
-          Y un artilugio inacabado de mi hijo mayor (7años) parecido a un tirachinas aunque aún no he logrado entender en qué consistía.
El caso es que durante varios días estuvimos hablando del tema, buscando información y, lo mejor, preparando la noche de mayor afluencia de perseidas con visita de amigos incluida.
Así que, cuando se hizo de noche, sacamos las toallas para tumbarnos en el jardín y ver el espectáculo con la emoción de hacer uno de esos planes que solo se pueden hacer en vacaciones y…

¡No vimos ni una!
Sin embargo, el aprendizaje de la semana fue que ellos, los niños… ¡sí las vieron!
Uno decía “¡He visto una!” y los demás respondían “¡Y yo!”.
Y se empezaron a contagiar de ese entusiasmo que tanta envidia me da.
¡Qué importante tener una buena actitud para irradiar a los demás!
Y, por si fuera poco, al día siguiente le digo a mi hijo mayor:

“Qué bien ayer que vimos las perseidas, ¿verdad?”

Y me contesta:
“No vi ninguna, pero es igual, yo pedí mi deseo”.

¡Toma ya! En una sola frase me regaló un aprendizaje de los de llevar en la mochila para toda la vida:
No he visto ninguna estrella fugaz, ¿y qué?, me las invento y pido mi deseo porque total, la vida sigue, ¿para qué quedarme parado en algo que no ha sido?

¡Qué importante ver la vida con ojos de niño!
·         Una de flora y fauna:
Este año estamos teniendo visitantes exóticos. Al erizo Púa se le han unido dos culebras: una en el jardín y otra dentro de la piscina (¡no gritamos ni nada!).

 
Además, hemos ido a visitar a un familiar que tiene un centro de cría de aves rapaces (aprovechando los recursos que, a veces, por estar cerca, no los vemos).


Y nos han regalado una tortuga, Chocolate se llama, aunque se están dando cuenta de la responsabilidad que es darle de comer, limpiarlas (a la hora de limpiar cacas la tortuga no es de nadie), etc. así que aún no sé si la tortuga vendrá con nosotros o después de la prueba volverá a su antiguo dueño.


Así que este año hemos quedado servidos en cuanto a animales se refiere. De hecho, ¡nos han invadido hasta los dinosaurios! (lo que nos ha permitido, junto con la proyección de las bolas de aluminio, hablar de perspectivas y aplicarlo a las emociones, al concepto de empatía y a tener en cuenta las opiniones de los demás).


·         Y una de fiestas de pueblo…
 
De esas que te hacen saltarte todas las rutinas y normas y que incluyen verbena, espectáculos de magia (con voluntario incluido) y fiesta del pijama con amigos, probar cosas nuevas y emocionantes y disfrutar del verano al máximo


En este punto os diré que lo más complicado han sido las negociaciones sobre las ferias. Os dejo algunos consejos por si tenéis ferias próximas:

-          Salid de casa con la negociación hecha (in situ es más difícil parar la vorágine de cacharritos y tómbolas): por ejemplo, “montaremos en dos atracciones y tiraremos una vez a los patos”.

-          Antes de tirar en atracciones como los dardos (que no siempre se consigue premio), dejad claro que no pasa nada si hoy no se consigue, que podemos probar otro día.

-          Explicad que es importante (si van varios niños) que vayamos todos juntos y, si cada uno quiere montar en una atracción diferente, hay que saber esperar a los demás cuando montan en la suya (excepto si sois varios adultos y preferís dividiros).

-          Cuando los niños son más mayores se les puede dar la oportunidad de gestionar su propio dinero, haciéndoles saber que si lo gastan todo el primer día, ya no tendrán más.

-          A mis hijos les encanta una caseta en la que pescan patos y les dan puntos para coger algún regalo. Desde el año pasado, les hemos acostumbrado a ir guardando los puntos de todos los días y coger el regalo el último día. El año pasado costó pero este lo tienen asumido y lo que quieren es sumar la mayor cantidad de puntos para obtener un regalo mejor. Y a mí me parece un buen ejercicio para que aprendan a retardar las recompensas y a trabajar por un objetivo común (después los puntos totales los dividiremos entre los tres).
 
 

·         Y la anécdota de la quincena:

-          “¡Nicolás, no dejes los peluches por el suelo que se te van a manchar!”

-          “Tranquila mamá, que ya lo soluciono”.
Y aquí el resultado:

Desde luego, el que se aburre con niños es porque quiere.
¡Hasta la próxima conexión!

domingo, 16 de julio de 2017

NO A LA INCLUSIÓN: EL EFECTO PROMETE


NO A LA INCLUSIÓN: EL EFECTO PROMETE

De acuerdo, me has pillado. El título era solo un cebo para que picaras.
Ahora que lo sabes, puedes dar marcha atrás o quedarte y leer lo que tengo que contarte.
El jueves 13 de julio una servidora Elena Mesonero (logopeda apasionada de la educación), Rebeca da Cuña (pediatra especialmente sensibilizada también con los temas de educación) y Samuel Román (profesor de educación física, coach deportivo y preparador físico del equipo de rugby Quesos Entrepinares) estuvimos en el Campus que la Fundación Promete lleva a cabo en Madrid la primera quincena de julio invitados por su director institucional Paco Rivero.

Charla a los chicos del Campus Promete


Además, tuve el inmenso honor de poder compartir con los chicos del campus mi historia de vida.
Voy a intentar explicar lo que ocurre allí dentro y os aseguro que no es fácil. Hay que vivirlo.
Yo conocía la Fundación Promete desde hacía varios años. Su propuesta para el cambio educativo me parecía fascinante: La Educación del Ser (Ser Creativo-Ser Emprendedor-Ser social-Ser interior). No me extiendo más en el modelo porque podéis verlo completo en www.promete.org.

La teoría es tan bonita que me hacía dudar de la puesta en práctica.
Me equivocaba, como muchas otras veces.
Nada más llegar fuimos visitando las aulas en las que estaban distribuidos los alumnos por áreas. El campus contempla  8 áreas: La Palabra, Música, Arte y Diseño, Artes Escénicas, Artes Audiovisuales, Vida y Naturaleza, Ciencia y Tecnología y Persona y Sociedad.
Simplificando, cada niño delimita en una llamada previa el proyecto que quiere hacer durante la semana. Una vez que llega allí hace la planificación, trabaja en su proyecto y finalmente lo devuelve a la sociedad en formato de presentación en el show final. Tampoco me extiendo en esto. Podéis verlo en la web de la Fundación.

Lo que se ve y se escucha es lo siguiente:
Varios chavales de entre 8 y 18 años trabajando juntos. Móviles encima de las mesas.  Una niña de unos 9 años escuchando música. Otro haciendo una búsqueda de información. Un chaval de unos 16 sale del aula. Nadie le dice nada. Otro pregunta algo al profesor y vuelve a su puesto. Varios trabajan mientras charlan de sus cosas.
Dos adultos por área (un profesor y un coach). A veces más, dependiendo del número de alumnos. Parecen no estar. Un momento, ¿los profesores/coach no están haciendo nada? Eso parece.

¿La realidad? Están haciendo lo más importante y complejo que tiene que hacer un adulto en el proceso educativo: ESTAR (así, con mayúsculas).
No les dirigen, no les dicen qué o cómo tienen que hacer. Solo acompañan, escuchan, prestan su ayuda cuando los chavales lo demandan y les regalan miles de preguntas para que ellos mismos generen sus respuestas. Y confían. Confían en ellos, en su capacidad para sacar adelante los proyectos.

Como digo, en cada aula dos adultos y los materiales necesarios.  Y como apoyo fundamental, una legión de voluntarios. Todos funcionan como facilitadores.
No se oyen gritos, ni carreras, ni protestas. Cada chico trabajando con pasión en su proyecto (ya sea éste pintar un cuadro, escribir una novela, cantar una canción o crear una bacteria luminiscente).

Nunca había visto nada igual. Nosotros que habíamos llegado con la curiosidad de un niño de 3 años abriendo los regalos de Reyes, estábamos con la boca abierta y los pelos de punta.
Mi cerebro, que no quiere creer lo que está viendo me dice: Esto es que es por la mañana, están frescos, están actuando por la visita…”

Y no. El ambiente de trabajo se mantuvo durante toda la jornada incluso cuando ni siquiera entrábamos a las aulas y nos limitábamos a cotillear por el cristal de la puerta.
Intentando encontrar pegas, adelantándome quizá a lo que me podrían decir cuando contara la experiencia me digo: “Ya está. Es un campamento de niños raritos haciendo cosas raritas”.

Pues tampoco. Hay de todo en cuanto a edades, sexo, capacidades, entorno social, etc.
De hecho nos dijeron que allí había niños con dislexia, TDAH, Asperger, etc.

Sinceramente, no supe detectar quiénes eran. A simple vista, todos iguales. Cada uno con sus intereses participando en el proyecto común.
En algunas áreas pregunté a algunos de ellos qué estaban haciendo. La pasión con la que hablan de sus proyectos no la he visto en el 90% de los adultos que conozco.

Y esa pasión la trasladan a todo lo demás.


Con Paco Rivero en el Campus Promete
Mi charla estaba programada en principio para los alumnos del área de la palabra (unos 8) pero no estaban obligados a venir. Ni ellos ni los demás. Simplemente se les había informado.
Se juntaron veintitantos chavales y yo no parto con la ventaja que pudiera suponer ser famosa o algo así.  Nunca he tenido un público tan importante.

Tras la charla los coaches comparten con nosotros su reunión diaria en la que se analizan las dinámicas de la mañana, plantean dificultades y soluciones. No escucho críticas hacia los chicos, ni juicios. No veo tampoco ningún adulto estresado, ni de mal humor. Igual son de otro planeta, no lo sé.
Y continúo la jornada poniendo peros a la visita porque a estas alturas lo que me empieza a invadir es la envidia y pienso: “Seguro que no se divierten ¡Por favor! ¡Que son niños! ¡No van a estar todo el día trabajando! (como si trabajar no pudiera ser divertido)”.

Pues para salir de dudas, después de comer todos juntos nos dicen:
“Veréis, ayer los chicos se aburrían y decidieron componer una canción (letra y música) y como ya la han grabado (voces, instrumentos, edición, etc) vamos a hacer un vídeo, ¿Queréis participar?”
No cumplimos con menos. Además el ambiente te arrastra. Así que bailamos, nos disfrazamos, saltamos, cantamos.

En poco más de una hora, vídeo grabado con una organización perfecta y una realización y una disciplina de libro.
Tras esto, cada mochuelo a su olivo. Todos retoman sus proyectos y a las 6 merienda y tiempo libre.

Y, ¿qué hacen con los proyectos? Pues presentarlos en el show.
Y el show es… un espectáculo absolutamente profesional (podéis comprobarlo en el canal de Youtube de la Fundación Promete).

Cada niño sube al escenario, expone su proyecto, tiene su experiencia de éxito merecido y devuelve a la sociedad lo mejor de sí mismo.
Entre niño y niño se apaga la luz del escenario y se aprecia cómo 6 o 7 personas (a veces más) cambian los elementos necesarios de una actuación a otra. No tardan más de 30 segundos y lo hacen los propios chavales con algunos adultos arrimando el hombro.

En este punto empiezo a pensar que la próxima vez que oiga a algún maestro quejándose por el festival de Navidad (con su mes y pico de preparación y su linealidad), le pondré un vídeo de alguno de los shows, porque ¡atención señoras y señores!... ¡¡Hacen uno CADA DÍA!!
Y lo fascinante es que todos los chavales se atreven a subir a exponer su trabajo. Unos con un desparpajo que para mí lo quisiera. Otros, más tímidos o más emocionados, arrancan de inmediato el aplauso y las palabras de ánimo de sus compañeros.

Pero, cuando ya pensaba que no podía haber más… ¡un momento! ¿Acabo de ver al chico que hablaba de la teoría matemática del caos (o algo así, porque no tengo años suficientes en la vida para entenderlo) tocando la batería en la presentación de otro compañero?
¿Cómo? Sí, Cuando tu proyecto está encarrilado, puedes ir a colaborar con otro compañero (que haya solicitado otros perfiles para su proyecto o que vaya peor de tiempo). Así que puedes bailar con uno, hacer de figurante en el vídeo de otro o hacerle los coros al de más allá. Aprenden los unos de los otros.

En el show se pone de manifiesto el ambiente entre los chavales: se apoyan, se respetan, se animan, se quieren y se dan las gracias.
En un último intento por desmontar la magia pregunto a Paco: “¿Nunca ha habido ningún conflicto?”. Me responde con una templanza pasmosa: “Sí. Se trabaja y ya”.

Así que ya sin armas no me queda más que rendirme a la evidencia.

Y me diréis, ¿y qué tiene que ver esto con la inclusión?

Fácil. Como os decía, allí había chicos de diferentes edades con diferentes características (algunos incluso con etiquetas patológicas) y yo NO supe quiénes eran. Así de sencillo.
Con un modelo así, con una educación personalizada no cabe ni siquiera la palabra inclusión.

Así que me reitero: NO a la inclusión. SÍ a una educación personalizada, basada en el respeto, en la confianza hacia el niño, en la escucha y en la oportunidad de desarrollar el talento de cada uno para que cada niño, joven o adulto pueda devolvérselo a la sociedad.
Veréis, ya no es que quiera esto para mis hijos, es que lo quiero para mí.

No digo que el modelo para el cambio educativo tenga que ser el que propone la Fundación Promete sí o sí. Digo que con modelos como éste, la nueva educación pasa de sueño a objetivo. Y eso lo hace realizable.
Así que en casa, en los colegios y en la sociedad en general como agente de cambio, dejémonos invadir por lo que ya he denominado EL EFECTO PROMETE.

                                                                       Elena Mesonero Gómez
                                                                       La Clínica del Lenguaje, Valladolid

*Gracias de corazón a Paco, Fidelia, Valvanera, Noe, a todos los profesores de área, a los coaches, a los responsables del show  y a los voluntarios por el trabajo que realizáis, por la actitud, por la acogida y por la hospitalidad. Me llevo un montón de aprendizajes para mis hijos, para mi trabajo y para mi vida. Espero veros pronto.

**Y gracias de corazón a todos los chicos: Noah, Tristán, Jaime, Álvaro (Princeso), María, Daniela, Blanca, Álex, Merzhi, Elisa, Samuel y a todos los demás (disculpadme, no soy muy buena recordando nombres)… por el inmenso talento que tenéis. Más allá de ser chicos muy listos (eso es fácil), sois chicos muy mágicos (eso es lo que os hace geniales). Gracias por la pasión, por la actitud ante el aprendizaje y por demostrar que no hace falta tener 40 años para hacer cosas estratosféricas. Cuando me vuelvan a decir que la juventud de ahora no tiene futuro, diré ¿tú no conoces a los chicos Promete, verdad?

martes, 4 de julio de 2017

LA PROTECTORA DE MARIQUITAS


LA PROTECTORA DE MARIQUITAS

Llega el verano y los que estáis frecuentemente al otro lado sabéis que lo aprovecho para retirarme con mis niños (Nicolás de 7 años y los mellizos Martín y Julia de 4) al campo cual laboratorio de verano en el que hago actividades nuevas, escribo libros, pruebo cosas con ellos y le dedico un tiempo que no tengo durante el curso al blog.
Espero que os guste lo que vaya surgiendo este verano.

El primer aprendizaje del verano ha sido para mí, no para los niños. Después de tres semanas a 36 grados y con mis expectativas puestas en sol y piscina, la semana pasada se ha encargado de ponerme las pilas respecto a las expectativas: 16 grados y lluvia. Así que tuvimos que rehacer el plan sobre la marcha dedicándonos a hacer manualidades.
La primera fue un clásico: pintar en rollo continuo.

   
 
Los pequeños estuvieron probando mezclas con témperas y el mayor estuvo intentando dibujar dinosaurios con un libro que se ha traído y que enseña a dibujar dinosaurios. Creo que se ha dejado llevar por el entusiasmo pero el libro está a años luz de lo que un niño de 7 años puede hacer. Pero como se empeñó, le dejé que se equivocara.
 



 La verdad es que el resultado ha sido mejor de lo que esperaba (¡vuelve a por otra mamá!) pero no ha sido el resultado perfecto que él esperaba. Ya he dicho en alguna ocasión que la vida es cuestión de percepciones, ¿verdad?

 Hemos pintado también unos tarros de cristal y como no teníamos pinceles nos hemos tenido que buscar la vida con palillos y bastoncillos de algodón.

 
Tras una semana de frío, por fin ha vuelto el calor y han llegado las actividades de exterior.

Ayer Martín encontró una mariquita que no volaba. La llamó Gabriel, como su mejor amigo. Resulta que la mariquita abría el caparazón pero una de las alas no salía. Investigamos y parecía que el ala estaba atascada porque se había arrugado. Estuvimos haciendo hipótesis sobre por qué le habría pasado eso. La hipótesis más aceptada fue que se debía haber caído a la piscina y tenía el ala mojada y arrugada. Tras media hora, Gabriel consiguió sacar las dos alas y voló. Martín se quedó triste aunque tanto yo como sus hermanos le dimos un abrazo grande y le dijimos que era normal que estuviera triste. 
 
 

Esto me dio una idea para el día siguiente que ha sido de lo más productivo.

La mañana ha empezado con la visita de un erizo que se ha estado paseando por el porche. Ya sabemos que es escurridizo pero tenemos todo el verano para hacernos amigos.
 
Después a la piscina. No habían pasado ni cinco minutos cuando Martín ha gritado ¡hay una mariquita en el aguaaaaaa!

Y, de inmediato, he puesto en marcha la idea que tuve ayer: hemos creado La Protectora de Mariquitas.
Los cargos han quedado repartidos de la siguiente manera: Martín  es el presidente, Nicolás es  el rescatador (es el que mejor nada, claro) y Julia y yo somos las enfermeras.

Así que yo, que siempre digo que es importante alargar las actividades que se nos ocurran hasta el infinito, he tenido el día hecho.

Me ha dado lugar a explicarles qué es una protectora de animales y se han pasado el día rescatando mariquitas del agua.
Esto nos ha hecho hablar de ecología, estar atentos al medio que nos rodea y aumentar la autoestima gracias al trabajo bien hecho.

Hemos rescatado a Hugo, Lunares, Superhéroe, Fredy, Olé, Dino y otra media docena  más de las que no recuerdo los nombres.
No os imagináis el despliegue casi profesional cada vez que caía una al agua:

Grito inicial dando voz de alarma que activa el protocolo como si fuera una llamada al 112. Nicolás se lanza al rescate, la lleva a la orilla. Griterío de ¡está viva!¡está viva! Y tiempo de espera a que se sequen las alas para ver si vuela.
Así todo el día. Y al salir de la piscina ya para cenar, veo que Nicolás viene andando muy muy despacio y me dice: Mira mamá, volvemos andando a cámara lenta como los héroes de las películas. Desde luego, el que se aburre con niños es porque quiere.

Otra de las cosas geniales de estar con niños es que, al mantener la magia de la inocencia, he podido decirle a Martín cada vez que llegaba hasta él una mariquita: “¡mira, Gabriel ha venido a verte!” Y he podido ver esa cara de emoción desbordante que para mí quisiera.
Y, como una cosa lleva a la otra, Nicolás me ha sorprendido diciendo que quería grabar unos programas sobre animales (él ya de por sí es muy bichero).

Le he dicho que me parecía bien pero que igual habría que preparar un guión y me ha dicho que prefería improvisar. Así que, cámara en mano, se ha marcado una explicación sobre tipos de calamares y otros animales marinos de más de diez minutos que he tenido que cortar porque no tenía batería. Me he quedado alucinada del control de la escena (paseando de un lado a otro y gesticulando), de la entonación de documental y de la correctísima forma de expresarse que ha tenido para haber sido improvisado. Desde luego Nicolás 1 – mamá 0.
Mañana quiere grabar otro capítulo.

Como veis, con muy poco, se puede aprender mucho. Tanto ellos como nosotros.
Así que, si quieres disfrutar del verano con niños, en lugar de sobrevivirlo, no te pierdas las próximas entradas del blog.

Y, si cuando se duermen te apetece una lectura ligera, divertida y muy útil, no te olvides entrar en www.amazon.es y comprar tu ejemplar de “Hacemos lo que podemos. Coaching en zapatillas para familias inquietas”.

miércoles, 22 de febrero de 2017

SOY TU LOGOPEDA Y NO TENGO NI IDEA


SOY TU LOGOPEDA Y NO TENGO NI IDEA

Soy tu logopeda y no tengo ni idea… de fútbol.

Así comienza uno de los trabajos más apasionantes que hemos hecho.

Los que nos conocéis sabéis que somos unos enamorados de la educación y creemos firmemente que las nuevas corrientes van a hacer mucho bien a los niños con cualquier tipo de dificultad.

J. es un chaval de 11 años con dificultades para mantener la atención a tareas, bajo rendimiento en actividades de lectoescritura y uno de los niveles de motivación más bajos que hemos visto.

Con este panorama, la pregunta era obligada:

-          A ti, ¿qué te gusta?

La respuesta clara y concisa:

-          El fútbol.

Perfecto. Pues soy tu logopeda y no tengo ni idea de fútbol así que vamos a aprender juntos: nos vamos a convertir en expertos.

Y, a partir de aquí, hemos adaptado nuestros objetivos de logopedia al trabajo por proyectos.

Estamos construyendo juntos un proyecto sobre fútbol que incluye: historia del fútbol, curiosidades, ligas, equipos, organigrama de clubes, técnicas de entrenamiento…
 

Mezclamos textos con material audiovisual y todo lo que llega a nuestras manos.

Buscamos la información, sopesamos cuál es la que nos es más útil, la rehacemos, si no entendemos algo volvemos a buscar, comentamos, exponemos, redactamos…

Nosotros no olvidamos nuestros objetivos: que lea y escriba más y mejor. Y él no olvida el suyo: convertirse en un experto en fútbol.

Pero aún más: los objetivos por ambas partes están consensuados. Tanto él como nosotros sabemos lo que estamos haciendo y para qué. Y los modificamos según lo necesitemos.

¿El resultado?

Hemos pasado de protestar por escribir un párrafo a escribir dos folios en una sesión y, aun así, pensar que se ha pasado muy rápido el tiempo.

Ahora pregunta, comenta, pide ayuda para hacer más y mejor, autocorrige errores, redacta, el nivel de motivación ha aumentado un 200% y su profesora de lengua cree que ha habido un gran cambio.

Así que sí, soy tu logopeda y voy teniendo algo de idea… de fútbol.